Román San Emeterio Pedraja

Y por eso, cuando supe, lloré

Me acerco, humilde, al Buzón de Joseba, consciente de que mi testimonio nada tiene que ver con los que muchas personas, víctimas directas de ETA, pueden aportar. Pero lo hago con el corazón y desde mi libertad, esa que a todos deseo.

Soy un cuarentón santanderino y uno de los recuerdos más tristes que mi memoria atesora (porque hay tristezas que no solo no pueden sino que no deben ser olvidadas) tiene como escenario San Sebastián. No recuerdo el año exacto ni la estación de aquel año incierto en que sucedió –probablemente verano-, pero llovía y estábamos a finales de los años noventa. Me encontraba yo actuando, como tantas veces, de cicerone-embajador de “mi” tierra con unos amigos hechos durante mis estudios en Francia y el Reino Unido. Deambulábamos, despreocupados y maravillados por la bellísima Easo. En ese ir y venir, tan ufanos, nos topamos con la catedral del Buen Pastor, donde –me enteraría más tarde- otro pastor de nombre Setién oficiaba por alguien que no recuerdo. El aire se hizo pesado de repente, porque algo que aún no habíamos detectado estaba sucediendo y enrarecía el ambiente.

Por una de las calles que llegaban a la catedral se empezó a ver un amasijo de paraguas abiertos, silencioso, que avanzaba hacia la plaza. Parecía un cortejo fúnebre y, en muchos sentidos, lo era. Poco a poco, entre el silencioso cortejo manifestante y la catedral fue formándose, de espaldas al templo y mirando a los callados que avanzaban lentamente, una fila de personas a modo de barrera.  No veía mucha diferencia entre los manifestantes y los que, parecía, les plantaban cara. Eran, unos y otros, personas comunes como yo, como mis amigos, mis abuelos, mis vecinos.

De repente, la fila empezó a escupir insultos dirigidos a los que sin hacer ruido alguno, bajo sus paraguas, seguían avanzando. Los de la fila eran pocos comparados con los otros, pero estaban crecidos, actuaban como dueños del lugar, marcaban su territorio con palabras horrendas que rebotaban en el silencio de sus destinatarios. Me quedé clavado al suelo, mirando con mis ojos grandes de vaca cuanto sucedía.

Quienes marchaban contra el terrorismo de ETA no respondieron a ningún insulto más que dando un paso y otro, y otro más. Yo me encontraba en ese espacio intermedio desde el que todo se ve. Y me eché a llorar, yo, que soy tan poco llorón. Me eché a llorar porque en aquel momento entendí lo que solamente desde el ojo del huracán puede captarse: El terrorismo no nublaba únicamente la mente de personas jóvenes violentas, como a mí me habían hecho entender todas las noticias sobre atentados, comandos y “kale borroka” que los medios de comunicación me ofrecían. No. Las personas que aquel día agredían a unos manifestantes con sus insultos vociferados eran como cualquiera de tus vecinos, de cualquier edad, de cualquier condición y aspecto.

Lloré pensando que aquello no tenía solución. Lloré pensando en el día a día de esas gentes, de lo que seguiría pasando cuando, tras el ocio de mi escapada, yo volviera a Santander sano y salvo. Lloré con sabor amargo, profundamente triste y desesperanzado, y desde aquel día, cada vez que el recuerdo me hace revivir aquella tensión se me eriza el vello y se me humedecen los ojos. Como ahora mismo.

Yo no vivía lejos ni me creía ajeno a lo que sucedía en el País Vasco. Pero lo era sin saberlo y a mi pesar. Ver que Santander era lugar en el que también, de ciento en viento, ETA decidía matar a alguien y tener amigos hijos de militares de alto grado que vivían sabiendo que sus padres estaban en listas-diana me hacía pensar que algo sabía, que podía opinar. Pero en el fondo no sabía nada. Nada de nada. Y por eso cuando supe, lloré.

Posted on 1 febrero, 2017 in Carta

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