Juanfer F. Calderín

El odio como virtud

Cuando se acerca el aniversario del asesinato a manos de ETA de algún miembro de las Fuerzas de Seguridad, es común leer y escuchar análisis que destacan el odio acérrimo que los asesinos sentían hacía esas personas pos su condición de símbolos de la defensa del Estado de derecho. Sin embargo, poco se habla de cómo ese odio que despertó las ansias de asesinar a un ser humano se promueve a golpe de altavoz –mediático e institucional– y se contagia sin descanso, sin encontrar apenas oposición ideológica.

Hoy el odio que asesinó a Joseba Pagazaurtundúa, pese a la ausencia de bombas y disparos contra nucas desnudas, no sólo no se ha disipado, sino que ha alcanzado la categoría de virtud. Los hechos de Alsasua lo confirman. Y pese a los intentos de blanquear el culto al rencor, pese a los guiños cómplices de quienes nunca mataron pero ríen y brindan con asesinos orgullosos de serlo, no se trata de la excepción sino de la norma.

Hace poco más de un año, durante el escrache anual contra el cuartel de la Guardia Civil que los simpatizantes de ETA celebran en la localidad guipuzcoana de Oñate, uno de los agentes allí destinados intentaba explicar lo inexplicable: “Tengo dos hijos y no saben lo que es celebrar un cumpleaños en casa. Los niños, en el colegio, dicen a mis hijos que sus padres son unos torturadores”.

Mientras el guardia continuaba, fuera del cuartel cientos de personas, entre ellos niños, rodeaban las instalaciones para, a continuación y entre gritos de “¡perros! y “¡fuera de aquí!”, golpear con pies y manos las vallas y muros que rodean la casa cuartel. Como si confiasen en que el nivel de repugnancia que sienten hacia quienes viven en ella fuera  ayuda suficiente para derribar la instalación.

“¿Oyes esos gritos? Cada vez que hacen algo así llevamos a los niños a una habitación apartada y les ponemos la televisión a todo volumen para que no escuchen los insultos”, agregaba el guardia civil. Allí, en Oñate, el terrorismo se ejerce hoy, se siguen abandonando ollas a presión a las puertas del cuartel para que los Tedax acudan a comprobar que, efectivamente, el mundo radical ahora sólo se contenta con quebrar la salud mental de hombres, mujeres y niños.

Esos gritos, esos insultos proferidos por niños aplaudidos por sus padres son los ecos del odio que asesinó a personas como Joseba Pagazaurtundúa. Son un espejo indecente en el que muchos en el País Vasco y Navarra quieren que las nuevas generaciones se vean reflejadas. Son el triunfo de ETA y la derrota de los demócratas. Son una humillación para todos.

Posted on 1 febrero, 2017 in Carta

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